martes, 2 de agosto de 2016

Su último abrazo

Dios sabe el por qué de todo. En este caso, el por qué de su destino, de su final.
El juego terminó, ella ganó.

Al principio todo era incierto, cada segundo que teníamos enfrente era difícil de interpretar como bueno o malo. Todo tan ambiguo como la misma vida.
Cada día que pasaba, lo tomábamos como el último, y hacíamos lo que queríamos. Así los últimos tres meses. Cuando nos despertábamos, desayunábamos lo que queríamos, como queríamos, a la hora que queríamos. Cuando nos íbamos a dormir, ya habíamos hecho todo lo que quisimos.

A esta altura, después de tres meses, vivimos juntos una vida corta, pero demasiado divertida, emocionante y extravagante como para olvidarla en mis días siguientes.
Nunca la vi apagada, siempre irradiaba una luz que iluminaba a cualquier distancia. Era Es un faro en la oscuridad absoluta, irradiando esperanza a cualquiera, esperanza de que todo lo malo tiene fin, o de que en realidad, la oscuridad es buena, porque para brillar se necesita un poco de ella.

El mundo es finito, pero ella es infinita, nunca va a terminar, nadie que la conoce va a tomar en serio su fin, solo es el comienzo de una nueva etapa.

Me acerco a ella y le rozo la mejilla con los dedos. Me mira y sonríe.


―¿Sabías que te quiero?
― Me lo decís siempre
―Nunca me explico
―Entonces, explicate ahora
―Me cambiaste. Me hiciste ver la vida de otra forma, más divertida y más fácil. Me enseñaste a no complicar las cosas y dejar que fluyan solas sin ser manipuladas por la mente para que todo salga perfecto. Ya son perfectas así tal cual, cada una con su belleza y caos. Y si no fuera por vos, nunca hubiese cambiado y mi vida hubiese sido un desastre total, pero del que es en mal sentido. No sabes lo agradecido que estoy por haberte encontrado

Por razones de la vida, nunca llegamos a tener esa conversación. Fue imaginación mía. Pero las palabras se las escribí, tengo la certeza de que las leyó. Me la puedo imaginar sonriendo y con los cachetes de un rosa tierno.

A esta altura, después de varios años, me acuerdo tal cual de todo lo que me enseñó. Y lo llevo a cabo con mi familia. Nunca me sorprendí de los resultados, ella es sabia, demasiado inteligente para haber vivido catorce años.

Aunque no pude contarle que me había cambiado la vida de una forma indescriptible, pude abrazarla por ultima vez un día antes de que se fuera. Ese fue el último abrazo, y el que tuvo más significado de todos los que le di.

—Camila Acosta 

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